Solo dos veces al día, y las dos por el mismo motivo: esta cala está orientada como debe y la luz hace algo en cada extremo del día que no hace en medio. A esas horas además está vacía, y eso pesa más de lo que parece.
Bajamos juntos por el camino de costa — quince minutos, fácil, pero ponte algo en los pies. Después, una hora de hatha sobre la arena: lento, guiado por la respiración, accesible para quien empieza de cero y no aburrido para quien lleva años practicando. Al amanecer la secuencia está pensada para despertar el cuerpo; al atardecer para bajarlo, y los últimos quince minutos son tumbados mientras se va la luz.
Las esterillas y las mantas las bajamos nosotros. Ven solo — es lo que hace la mayoría — o con quien viajes. Al terminar hay fruta e infusión, y nadie te mete prisa para subir.