0

Las calas del norte de Ibiza: cantos rodados, pinos y aparcamientos diminutos

·6 min de lectura
Las calas del norte de Ibiza: cantos rodados, pinos y aparcamientos diminutos
Ilustración con IAAI illustration · Journi · AI-generated

El agua más clara de Ibiza está en el norte, y el motivo no tiene ningún misterio: detrás no hay casi nada construido. El municipio de Sant Joan de Labritja ocupa buena parte del tercio norte de la isla y tiene una fracción mínima de las plazas hoteleras que hay alrededor de Sant Antoni o Platja d'en Bossa, así que sus calas están al pie de laderas de pinos y no al pie de un bloque de apartamentos. Benirràs, Cala Xarraca, Cala d'en Serra, Portinatx y las ensenadas pequeñas que quedan entre medias se parecen bastante a lo que era Ibiza antes de que el aeropuerto se llenara. Lo que pagas a cambio es comodidad. Casi todas son de cantos rodados y no de arena fina, en los aparcamientos caben treinta o cuarenta coches, y varias no tienen baño, ni ducha, ni sombra a partir del mediodía. Si llegas temprano, nada de eso importa demasiado. Si llegas a las dos de la tarde en agosto, importa mucho.

Dónde empieza el norte de verdad

El cambio se nota pocos minutos después de pasar Sant Joan. La carretera que sube desde Ibiza atraviesa campos y luego se mete en Es Amunts, la franja de colinas boscosas que cubre este extremo de la isla y que está protegida como área natural. La tierra se vuelve roja, los pinos llegan hasta el borde del acantilado y los pueblos se quedan en una iglesia, un bar y poco más. De Ibiza a Portinatx hay unos treinta y cinco minutos fuera de julio y agosto, y cerca de una hora en plena temporada. Lo que el mapa no cuenta es que el último kilómetro hasta la mayoría de estas calas es un carril único con apartaderos, y que en dos casos es directamente pista de tierra. Léete el contrato del coche de alquiler antes de lanzarte: muchos excluyen los daños causados en caminos sin asfaltar, y la bajada a Cala d'en Serra es justo el tipo de camino en el que están pensando.

Benirràs y lo que cuesta la fama

Benirràs es la famosa, por Cap Bernat —la roca puntiaguda que sale en todas las fotos— y por el corro de tambores de los domingos, que se repite desde los años setenta. Las dos cosas son ciertas, y las dos son la razón de que la cala no sea tranquila. La orilla es canto rodado grueso bajo una capa fina de arena: quema al mediodía, es incómoda descalzo y el fondo baja rápido, así que no es la cala más cómoda con niños pequeños. Hay tres chiringuitos. Se entra por una carretera estrecha con coches aparcados a los lados y hay una zona de pago abajo; en pleno verano se llena hacia las once, y un domingo la caravana de salida después de la puesta de sol puede llevarte tres cuartos de hora. Un detalle que no avisa nadie: de junio a primeros de agosto el sol se esconde detrás de la punta de poniente y no en mar abierto, así que lo que ves es una hora larga de luz dorada sobre la roca, no una puesta de sol sobre el agua. Si vas por el ritual de los tambores, el encuentro de tambores al atardecer en Benirràs te quita de encima al menos el aparcamiento y la hora de llegada.

Cala Xarraca y Cala Xuclar, a pie de carretera

Xarraca es la más fácil de alcanzar: se ve desde la carretera de Portinatx y el aparcamiento es un ensanche de tierra justo encima. Cantos grises, un restaurante montado sobre las rocas y un agua transparente precisamente porque el fondo es piedra y posidonia, y no arena removida. En el extremo norte hay una veta de arcilla natural que la gente saca y se unta por el cuerpo; es inofensiva y se va con un baño. El snorkel por los dos laterales es el mejor argumento para venir. Las pegas: es pequeña, se oye la carretera y a última hora de la mañana ya no cabe un coche. Cinco minutos más allá, Cala Xuclar es un entrante estrecho de grava con casetas de pescadores, un chiringuito de madera en temporada y sitio para unos quince coches. Si prefieres que sea otro el que busque el agua buena, una ruta guiada de baño y snorkel por las calas cristalinas cubre bastante más costa de la que alcanzas desde un solo aparcamiento.

Las calas que hay que ganarse

Cala d'en Serra, Es Portitxol y Port de ses Caletes piden esfuerzo. A Cala d'en Serra se llega por una pista de tierra bastante rota que sale de la carretera de Portinatx y luego por un tramo corto a pie, pasando junto al esqueleto de hormigón de un hotel proyectado en los sesenta y nunca terminado, una de las estampas más raras de la isla. Es una herradura pequeña de arena y canto, con un quiosco de madera que abre cuando le apetece. Es Portitxol, ya en la vertiente de Sant Vicent, está a veinte o treinta minutos andando por un sendero pedregoso; la subida de vuelta con el calor de la tarde es la parte que todo el mundo olvida calcular. Port de ses Caletes es una bajada de curvas cerradas hasta una playa de grava con varaderos, sin ningún servicio y, la mayoría de los días, casi sin gente. Para las tres: lleva agua, cuenta con mala cobertura, ponte algo en los pies y no des la sombra por hecha. Se entienden mejor desde el mar que desde tierra, y en eso está la gracia de un safari en paddle surf por la costa norte salvaje.

Portinatx, cuando quieres ducha y sombrilla

Portinatx es la excepción en la punta de la isla: un núcleo turístico pequeño con tres playas de arena, baños, duchas, hamacas, un centro de buceo y aparcamiento suficiente para que llegar al mediodía no sea una tragedia. Es la opción sensata con niños pequeños, o con cualquiera que no vaya a disfrutar de una hora sobre piedras calientes. El agua es la misma del norte, pero las playas son pequeñas y en agosto se llenan tanto desde los hoteles de detrás como desde el aparcamiento, así que madrugar sigue saliendo a cuenta. A cambio de la comodidad hay edificios, una hilera de restaurantes y nada del vacío que te ha hecho subir hasta aquí, aunque también es el único sitio de la zona donde puedes acabar el día sin volver a coger el coche.

Horas, viento y lo práctico

Con dos reglas resuelves casi todo. Llega antes de las diez y media o después de las cinco, y mira el viento antes de coger el coche. Cuando entra la tramuntana, toda esta costa se pone picada, fría y turbia por debajo en un par de horas; ese es el día de irse a poniente. Aparte de eso: escarpines, algo de efectivo por si el datáfono de un chiringuito decide fallar y el depósito lleno, porque las gasolineras de la zona cierran pronto. Mayo, junio, septiembre y primeros de octubre te dan la misma agua con un tercio de los coches. Y si la cala que querías está llena, el plan B de interior merece la pena de verdad: los pueblos blancos y miradores del norte están a diez minutos y nadie tiene que aparcar en Benirràs para verlos.